Es cierto que ser
madre es una de las cosas más maravillosas que he experimentado y experimento
en la vida. Pero no hay que quedarse anclado ahí, no es el último estadio en la
vida de una mujer. Me explico:
El momento en el
que nace tu primer hijo, ahí entiendes muchas cosas que antes no habías sido
capaz de entender, por mucho que te lo expliquen, ya que se trata de
sentimientos. Sientes una felicidad distinta. Una felicidad llena de plenitud, relajada
una especie de …”ah, era esto o que aún me faltaba por sentir en la vida”.
Con tu segundo
hijo, aunque la experiencia sigue siendo maravillosa. Aunque lo busques incluso
con más ganas porque de algún modo deseas volver a sentir aquello… ya no es lo
mismo. Porque ya no te sorprende esa emoción. Pero no pasa nada. Es normal. Es
humano. Y lo quieres igual, ahí no hay
diferencia.
Pasa el tiempo y
a medida que crecen, a medida que no eres su único proveedor de alimento, a
medida que vuelves a encontrarte a ti… empieza la independencia. Sutil,
progresiva, en pequeñas dosis. Pero ahí empieza ese camino en el que debes
dejar que tus parajitos echen a volar por sí mismos. Como buen animal que somos
Pues bien, ese es
el fallo de nuestra sociedad: el aferrarse a los hijos como si nos
pertenecieran a nosotras más que así mismos. Aferrarnos con tanta fuerza que a
veces no hacemos más que calcamonías de nuestros gustos, nuestros pensamientos
e incluso – sin querer – nuestros errores.
Esa es la premisa
bajo la que se construyen muchas críticas hacia madres como yo, o incluso como
muchas de mis amigas. Madres que empezamos una vida independiente en la que hay espacios diferenciados entre: mi
vida y mi vida con mis hijos. Madres que no priorizamos la lejía o el amoníaco,
sino el sol y el aire. Madres a las que, a veces, se nos tacha de egoístas o
egocéntricas por disfrutar del poco tiempo libre que nos queda (en esos
momentos en los que ni tan siquiera estamos con ellos). Y es que, claro, ser una buena madre – según
este modelo totalitario – implicaría renunciar a ser persona, a ser mujer. Ser
una “buena madre” implicaría llorar y encerrarse en casa preparando la semana
para cuando vuelvan nuestros hijos tras haber estado con sus padres . Ser una
buena madre implicaría renunciar a la felicidad personal, porque eso está “feíto”
como dice una amiga, porque ser madre, implica morir como mujer.
Gran
equivocación, señoras (y digo señoras porque somos las mujeres las peores, las
que nos tiramos como hienas unas a otras. Sobre todo aquellas que se han
conformado con estas ideas, sustentando su estructura vital y red entorno a la
familia).
Ganar espacio
para una misma – y más, siendo madre, con el esfuerzo que conlleva – es abonar
un futuro de respeto y libertad para nuestros hijos. Un terreno en el que mi
“yo madre” no asfixiará la personalidad y gustos de mis hijos. Es un abono para
la independencia y construcción de una personalidad más fuerte. Con un objetivo
indirecto: dejar espacio, construir los deseos individuales, permitir la
expresión personal, dar ejemplo de que cada cual teje su vida y su felicidad, sin
presiones, sin recriminaciones, sin decir el día de mañana: “yo he sacrificado
mi vida / mi juventud por mis hijos, por mi familia”. Nadie debería llevar esa
carga de sus padres encima. Yo, al menos, no deseo que mis hijos sientan esa
presión. Prefiero que me vean libre, feliz, con ganas de vivir… por eso de la
mímesis, pero siempre desde la elección de cada cual.
Por tanto, “madres perfectas / madres totalitarias”, ya
me podéis criticar si así sois más felices, porque siento que no sólo hago lo
correcto, sino lo mejor.
Dar espacio. Dar libertad
progresiva. Dar amor incondicional pero sin condicionar ni chantajear… Dar todo
eso empieza por darse libertad a una misma. Y para quien no lo entienda, lo
siento en el alma por ella.
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