jueves, 6 de octubre de 2016

Fui madre y seguí siendo "mujer", ¡gran pecado!



Es cierto que ser madre es una de las cosas más maravillosas que he experimentado y experimento en la vida. Pero no hay que quedarse anclado ahí, no es el último estadio en la vida de una mujer. Me explico:

El momento en el que nace tu primer hijo, ahí entiendes muchas cosas que antes no habías sido capaz de entender, por mucho que te lo expliquen, ya que se trata de sentimientos. Sientes una felicidad distinta. Una felicidad llena de plenitud, relajada una especie de …”ah, era esto o que aún me faltaba por sentir en la vida”.
Con tu segundo hijo, aunque la experiencia sigue siendo maravillosa. Aunque lo busques incluso con más ganas porque de algún modo deseas volver a sentir aquello… ya no es lo mismo. Porque ya no te sorprende esa emoción. Pero no pasa nada. Es normal. Es humano. Y  lo quieres igual, ahí no hay diferencia.

Pasa el tiempo y a medida que crecen, a medida que no eres su único proveedor de alimento, a medida que vuelves a encontrarte a ti… empieza la independencia. Sutil, progresiva, en pequeñas dosis. Pero ahí empieza ese camino en el que debes dejar que tus parajitos echen a volar por sí mismos. Como buen animal que somos

Pues bien, ese es el fallo de nuestra sociedad: el aferrarse a los hijos como si nos pertenecieran a nosotras más que así mismos. Aferrarnos con tanta fuerza que a veces no hacemos más que calcamonías de nuestros gustos, nuestros pensamientos e incluso – sin querer – nuestros errores.

Esa es la premisa bajo la que se construyen muchas críticas hacia madres como yo, o incluso como muchas de mis amigas. Madres que empezamos una vida independiente  en la que hay espacios diferenciados entre: mi vida y mi vida con mis hijos. Madres que no priorizamos la lejía o el amoníaco, sino el sol y el aire. Madres a las que, a veces, se nos tacha de egoístas o egocéntricas por disfrutar del poco tiempo libre que nos queda (en esos momentos en los que ni tan siquiera estamos con ellos).  Y es que, claro, ser una buena madre – según este modelo totalitario – implicaría renunciar a ser persona, a ser mujer. Ser una “buena madre” implicaría llorar y encerrarse en casa preparando la semana para cuando vuelvan nuestros hijos tras haber estado con sus padres . Ser una buena madre implicaría renunciar a la felicidad personal, porque eso está “feíto” como dice una amiga, porque ser madre, implica morir como mujer.

Gran equivocación, señoras (y digo señoras porque somos las mujeres las peores, las que nos tiramos como hienas unas a otras. Sobre todo aquellas que se han conformado con estas ideas, sustentando su estructura vital y red entorno a la familia).

Ganar espacio para una misma – y más, siendo madre, con el esfuerzo que conlleva – es abonar un futuro de respeto y libertad para nuestros hijos. Un terreno en el que mi “yo madre” no asfixiará la personalidad y gustos de mis hijos. Es un abono para la independencia y construcción de una personalidad más fuerte. Con un objetivo indirecto: dejar espacio, construir los deseos individuales, permitir la expresión personal, dar ejemplo de que cada cual teje su vida y su felicidad, sin presiones, sin recriminaciones, sin decir el día de mañana: “yo he sacrificado mi vida / mi juventud por mis hijos, por mi familia”. Nadie debería llevar esa carga de sus padres encima. Yo, al menos, no deseo que mis hijos sientan esa presión. Prefiero que me vean libre, feliz, con ganas de vivir… por eso de la mímesis, pero siempre desde la elección de cada cual.
Por tanto,  “madres perfectas / madres totalitarias”, ya me podéis criticar si así sois más felices, porque siento que no sólo hago lo correcto, sino lo mejor.


Dar espacio. Dar libertad progresiva. Dar amor incondicional pero sin condicionar ni chantajear… Dar todo eso empieza por darse libertad a una misma. Y para quien no lo entienda, lo siento en el alma por ella.

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